viernes, 23 de enero de 2015

El juego del terror.

La España surgida del régimen del 78 ha visto crecer en sus entrañas un fenómeno extraño: las asociaciones de víctimas del terrorismo. En un mundo ideal no deberían tener sentido. Sin embargo, hubo que crearlas. Las asociaciones de víctimas del terrorismo son la punta de lanza que recuerda al Estado que es subsidiario de los crímenes que causa el terrorismo, sea el que sea. El Estado, que ha de velar por la seguridad de sus ciudadanos, falla cuando se produce un atentado, no cumple con la misión de garantizar el orden en las calles. La realidad palpable de su error son familias destrozadas, mutilados, vidas truncadas, sumidas en una tristeza insoportable para siempre. Ni siquiera hablar con las personas que forman esos colectivos puede darnos una ligera idea de lo que supone su día a día. Su silencio y su tristeza se nos hacen insoportables y, antes o después, tendemos a olvidar, a recobrar la alegría, a felicitarnos porque en la lotería de los coches bomba o los tiros en la nuca no haya salido nuestro número.
Nos imponen un respeto sepulcral, el mismo que nos hace comentar por lo bajo con el tipo de al lado: "Es fulano. A su padre le pegó un tiro ETA. Pobre". Es ese respeto que se torna conmiseración. Es el respeto que se le tiene a la lepra.
Pronto, ese respeto lo olieron los buitres de la política y supieron manejarlo. Acercarse a las víctimas, ganarse sus simpatías, era la palmadita en el hombro que necesitaban sus políticas antiterroristas. La presencia de sus líderes en manifestaciones, congresos y actos públicos era la baza moral que se jugaba cuando la ética no llevaba buenas cartas. Estaba claro: había que controlarlas. Había que deshacerse de las personas incómodas, de las que ponían pegas a ser tachadas de izquierdas o de derechas, a apoyar abiertamente a un partido o a otro y, en su lugar, había que colocar gentes sumisas, sin importar si eran o no víctimas del terrorismo, personas que, ante la ignominia de la negociación con los terroristas, del acercamiento de sus presos o de la excarcelación de los asesinos, contasen al pueblo que, tras fotogénicas reuniones en La Moncloa, habían visto la luz y habían decidido dar un voto de confianza al mandatario. Porque el mandatario era bueno.
Esta ha sido la gran traición a las víctimas de los que confunden el Estado con el Gobierno: convertirlas en comparsa de fiestas políticas. Como toda traición, urdida desde dentro.
Salir a la calle contra el Gobierno de Rajoy después de haberse entregado dulcemente en sus brazos no favorece a las víctimas porque no se hace por ellas. Salir a la calle gritando "no más traiciones" es tan ambiguo como impreciso. ¿Qué se ha traicionado, Ángeles Pedraza, que no se hubiese traicionado hasta la saciedad antes?

Manifiesto de VCT desligándose de la manifestación convocada por la AVT

sábado, 17 de enero de 2015

Bolinaga, uno de los nuestros.

Ayer murió Bolinaga. Nada que celebrar. Ha muerto en su casa, rodeado de los suyos. Sus tres asesinatos probados y el secuestro de Ortega Lara le han salido muy baratos. Morirnos, nos morimos todos, y todos tenemos familiares, amigos y enemigos. Siempre habrá alguno de estos últimos dispuesto a descorchar una botellita el día que doblemos. Nada que celebrar, por tanto. En todo caso...mucho que lamentar.
Hace unos días echaron en la Paramount "El Lobo", una película sobre la infiltración de la Policía en la estructura de ETA entre los años 1973 y 1975 y basada en la actuación de Mikel Lejarza. Al final de la película hay una serie de diálogos interesantes entre Eduardo Noriega, Lejarza, y José Coronado, el policía franquista que ya tiene hecha su apuesta sobre lo que ha de venir con la Ley de Partidos Políticos y la apertura democrática. Viene a decir Coronado, ante la insistencia de Lejarza por que no se cierre la operación hasta que no caigan los líderes de la banda, que para conducir la democracia será buena una pequeña dosis de miedo en la sociedad, que ETA tiene que hacer su trabajo para que ellos, la Policía, puedan seguir haciendo el suyo. Ante tan repulsiva respuesta, Lejarza contesta: "¿Y para esta mierda me he jugado yo la vida?". Cuento esto porque confirma mi teoría de que ETA es parte del sistema, tan española como las cañas del aperitivo. Viendo la actuación de nuestros políticos en el caso Bolinaga, y en otros más, uno se da cuenta de la orquestación diabólica de todo este asunto. Sin pretenderlo, la película nos opone dos modelos a la hora de tratar el terrorismo: el modelo democrático y el modelo efectivo.
Nuestros políticos se llenan la boca asegurando que la unidad de los demócratas ha traído la victoria sobre la banda ETA pero ningún español con dos neuronas en funcionamiento tiene esa dulce sensación de la victoria. Es una amarga victoria, una pírrica victoria o, sin hacer más juegos lingüísticos, una sonada derrota. La muerte de Josu Bolinaga no causa alegría, insisto: causa decepción, causa vergüenza y cierta náusea. Nos pone frente al espejo de nuestra incapacidad para hacer frente a esos enemigos de España que, como Coronado en la película referida, han hecho correr sangre de españoles para garantizar su sistema democrático.
Los últimos dos años y medio de Josu Bolinaga, el hombre que mató a tres guardias civiles y mostró sus cualidades de alimaña perpetrando el secuestro de Ortega Lara, han sido un retiro dorado en su Guipuzcoa del alma, un pago a los servicios prestados. Los homenajes como gudari que quedan por delante, las encendidas palabras de elogio y crítica hacia una vida dedicada al crimen de nuestros representantes políticos de Bildu, del PP, el PSOE o IU, serán sólo un acto más de esta mascarada política que llamamos Estado de derecho. La muerte de Josu Bolinaga entre txacolí y lágrimas no cierra nada pero permitirá dormir tranquilos a los que diseñaron la estrategia política de su liberación porque les ahorrará la crítica de los españolitos que se preguntaban diariamente si aún seguía vivo.
Hoy suena más fuerte todavía en mi cabeza la frase final de Lejarza en la película: "¿Y para esta mierda me he jugado yo la vida?".

viernes, 9 de enero de 2015

Amenaza islámica

Lo sucedido esta semana en Francia, principalmente por su alarma social, no es nuevo ni debe extrañarnos o cogernos por sorpresa. Y no por lo que se apresuran a decir todos los prebostes de los medios a la luz que ofrecen las hemerotecas. No, no es porque ya tuviésemos atentados islámicos antes en Europa, en España concretamente, en Inglaterra, en Alemania, en Francia... no. Es porque Europa no ha hecho nada para contener la amenaza islamista salvo juegos de distracción para no reconocer que las políticas multiculturalistas eran un engendro de débiles mentales para no poner tope a la invasión coránica.



Sólo un estado en el mundo, sólo uno, ha librado sus conflictos de los últimos cuarenta años contra los enemigos de la Civilización Occidental. Sólo uno: Rusia.
Rusia, criticada por su papel en Afganistán contra los talibanes armados por EEUU, criticada en Chechenia, en Ingusetia, y, más recientemente, en Siria, ha sido la única nación de la tierra que ha tenido claro que la convivencia con el islam es incompatible con el modus vivendi de la cristiandad, sea esta católica, ortodoxa o protestante. Rusia ha entendido que las guerras contra los grupos islamistas no son un problema político que se pueda arreglar con unos cuantos controles más en las aduanas o una mayor presencia policial en las principales oficinas administrativas del Estado. No, el problema es religioso.
Nada podría hacer el Islam en Europa si Europa no hubiese dejado de ser la luz del mundo para convertirse en la puta del liberalismo filosófico y del capitalismo económico. Nada.
Lo sucedido en Francia nos pone a todos muy nerviosos pero es la consecuencia lógica de sus políticas sociales: laicismo, inmigración y multiculturalismo. El laicismo que quitaba los crucifijos de las escuelas y no pasaba nada; que encumbraba a los altares de la libertad de expresión a tipos que lo mismo cargaban tintas contra Alá una vez al mes que contra Jesucristo y la Santísima Trinidad una vez por semana y no pasaba nada; inmigración masiva que convertía barrios enteros en guetos musulmanes y multiculturalismo que exigía derechos para quienes no tenían obligaciones por encima de los derechos de los que obligatoriamente cargaban con el sostenimiento del Estado. El laicismo es la llave que abrió las Termópilas y facilitó la invasión. Y los pobres ciudadanos europeos, contentos y pagados con sus recién estrenadas democracias liberales, aceptaron que en las sociedades libres más ofende la cruz que el burka o la sharia. Esa sociedad europea, débil y debilitada por sus políticos, es como la rana en la fábula de Esopo y no llega a entender cómo, al cruzar al alacrán a la otra orilla, éste le arrea un picotazo sólo porque está en su naturaleza.
Los teóricos de la geopolítica hablan de guerra asimétrica y saben que ni el país más fuerte del planeta, militarmente hablando, puede hacer nada contra los lobos solitarios y que la determinación de estos sorteará controles, vigilancias y escoltas y morderá de nuevo, antes o después. En esta guerra de religión a Europa sólo le cabe el ejemplo de las mujeres kurdas y para librarla no sirve de nada mandar efectivos del Ejército fuera de casa. Esta guerra se libra aquí, en nuestro suelo, y sus efectos colaterales los tendremos que pagar nosotros. Son nuestros hijos los que morirán, no los de Siria, Irak o Nigeria. Y es una guerra que se puede ganar porque ya se ha ganado antes. Bastaría, entre otras cosas, con retornar los crucifijos a las aulas; con censurar a los dibujantes que hacen mofa de sentimientos religiosos, profundos y arraigados en el corazón del hombre desde que vio su existencia como especie, amparándose en otros fabricados por constituciones y consensos como el de libertad de expresión y que, en realidad, es impunidad para el insulto, la injuria y la calumnia; bastaría con que en Europa sus Estados se blindasen ante una inmigración masiva islámica y borrasen de sus mapas el 90% de las mezquitas y oratorios; bastaría con reconocer que el caso de Kosovo fue el preludio de lo que habría de llegar, que nuestras bombas cayeron allí sobre nosotros y mataron europeos para franquear el paso al islam.
Eso, o dejar que nos invadan de una vez por todas.

lunes, 5 de enero de 2015

Podemitas

Por podemita se conoce, en la nueva terminología política, no al dirigente, afiliado o simpatizante de la formación de los círculos si no, más bien, al que, no pensando votarles ni simpatizando con sus postulados ideológicos, no ve inconveniente en que estos lleguen a gobernar o, incluso, llega a dibujar una sonrisa en la cara al pensar que pueda darse esta circunstancia.
En el corazón del podemita anida el odio al Partido Popular, un rencor descarnado que no llega a ocultar ni cuando, para hacer que equilibra las fuerzas de la balanza, añade alguna crítica menor hacia el PSOE. En realidad se trata de agentes de la izquierda, gente odiosa de la peor calaña, revolucionarios que desean únicamente que todo reviente, que el Estado del bienestar se descomponga y reine la anarquía, sin un plan de futuro y siempre dispuestos a la gresca con tal de que los "niñatos" del PP pierdan su escaño o su privilegio.
Lo reconozco: soy un podemita.
Y, no, no me gusta Pablo Iglesias, Errejón me parece un listillo, su concepción de España la vengo combatiendo desde hace décadas y no les votaría ni aunque fuesen el único partido que se presentase a las elecciones. Pero no puedo evitar que se me dibuje una sonrisa en la cara cuando pienso en que puedan ganar unas elecciones, y eso a pesar de la "no campaña" en contra que les están haciendo los medios del sistema y sus terminales políticas en la calle Génova y Ferraz.
Desde el punto de vista de alguien situado en esta democracia en la que no creo no deja de ser un partido más, con todas las bendiciones para poder ganar unas elecciones. No sé dónde agarraron el berrinche los que piden a gritos que pierda, se disuelvan o se ilegalice. Tampoco, a la vista de lo que han sido estos casi cuarenta años de democracia, en qué puede ser peor que los partidos que han gobernado desde entonces, esos dos (que fueron tres o cuatro y se quedaron en dos para siempre) que se han comido un Estado entero en orgías de privatizaciones, recortes, autonomías, sueldos millonarios, derroche a manta, ladrillazos y tarjetas negras; los que han asesinado a todo un pueblo con políticas genocidas de aborto, los que han dejado un país de viejos en el que cabe decir que no es país para viejos porque se han comido sus pensiones; en qué puede ser peor la España de Podemos que la España democráticamente gobernada por gobiernos extranjeros, por socios europeos que nos han convertido en los camareros de Europa, por tratados militares que nos dirigen al Ejército en misiones fuera pero que no mueven un dedo cuando un moro pone una bandera marroquí en Perejil o un británico roba suelo español en Gibraltar; porqué es peor su dinero venido desde Venezuela que el que salió de los bolsillos de los españoles y de sus ahorros para pagar la fiesta de la democracia, para financiar sus gilipolleces y campañas a coste cero, sin pagar un duro en intereses, gratis total; en qué son peores sus maricones, sus inmigrantes ilegales y sus corruptos que los maricones, inmigrantes ilegales y corruptos del PP y del PSOE; cuánto peor será su ataque a la fe, sus quemas de iglesias, curas y monjas que los perpetrados contra la fe por los demócratas de pedigrí, incluidos curas, mojas y CEE, todos muy modernos, muy demócratas y muy traidores (estoy generalizando, claro).
No, no me da miedo Podemos. Sólo son una parte más del sistema liberal que nos ha podrido por dentro y por fuera. Seguiré haciendo frente a éste, gobierne Podemos, el PSOE o el PP, pero no puedo dejar de esbozar una sonrisa cuando a las nenazas del sistema les tiemblan las canillas ante la llegada del lobo que han dejado suelto, ellos mismos, entre las ovejas.

viernes, 2 de enero de 2015

Un nuevo año

Tal vez, el resacoso, no sea el mejor de los estados para iniciar un año de actividad en la red. Ni en la red ni en ningún otro sitio, claro. Pero es lo que hay. Uno cumple como un mastuerzo con el calendario y ataca las fechas como todo el mundo. De alguna manera, estoy en mejores condiciones que otros para hacerlo. En el haber, dos botellas del mejor vinacho que producen nuestras bodegas, nada que hubiese recomendado el propio Baco, Vinacho tinto, sin pedigrí alguno, del que puede servirse tranquilamente en jarra de barro sin sufrir merma. Media de güisqui, a pachas con un cuñado. En el debe, las uvas que, un año más, me negué a tomar por aquello de que no soy supersticioso. Nada en absoluto. No creo que el 2015 vaya a ser ni mejor ni peor por no haberme llenado el buche de uvas. Cuando hoy leo en todas partes que los andaluces andan de morros porque al realizador de Canal Sur le dio por poner publicidad cuando empezaban las campanadas me parto de risa. Alguno habrá que se esté cagando en el que les birló la suerte.
No ser supersticioso no quiere decir que uno no sea un hombre de costumbres y que no nade inconscientemente en el charco de lo que todo el mundo hace. Uno no está libre de culpa y los propósitos para el nuevo año son algo que se elabora sin cortapisas en la cabeza. Yo, como todo el mundo tengo los míos. Extrañamente, dejar de fumar, no figura en la lista este año. Pero aquí van algunos:
Tener otro hijo, construir el barco de Julia, arreglar el viejo Audi, releer los "Episodios nacionales", iniciarme en el esquí de montaña, ganar la demanda a Intereconmía y escribir un poco más.
Conseguir cualquiera de ellos ya justificaría el año. Empecemos por el más sencillo: escribir un poco más.

jueves, 23 de octubre de 2014

Si luchas puedes perder; si no luchas, estás perdido.

Historia cierta de un pequeño sindicato o cómo el Nacional-sindicalismo consiguió ganar alguna batalla a una gran empresa liberal. 


A finales del año pasado (noviembre de 2013), los trabajadores del Grupo Intereconomía nos encontrábamos ante una difícil situación. Se nos adeudaban, en el mejor de los casos, siete nóminas. Siete nóminas acumuladas durante más de año y medio de retrasos en el pago del corriente. En uno de los momentos de mayor voracidad bancaria que se recuerde, retrasarse en el pago de letras, hipotecas o préstamos suponía una penalización que, naturalmente, nadie en la dirección de la empresa estaba dispuesto a asumir. En aquellos días (son casos reales) tuve que oír relatos personales de todo tipo, desde desahucios, cambio de los niños de colegio, hasta los de aquellos que tenían que recurrir a padres y hermanos para poder llenar la nevera. No es una ficción. Es real. Tan real como que hay hombres y mujeres, con nombres y apellidos, que no me dejarían nunca por mentiroso en este punto. Supongo que no era más que otra historia de crisis en España. Supongo que era otra historia de empresarios acogotados por los bancos y la Administración, con buena fe y mala suerte. De un modo u otro, pagábamos los trabajadores.
El mal ambiente que se respiraba en la redacción pronto se tornó en pérdida de nervios por parte de algunos pocos. Aquello, fuera de hacer que algún jefecillo se lo hiciese encima, tenía pocas o nulas consecuencias. De la mentira por parte de la empresa se pasó al desprecio hacia los trabajadores, a la callada por respuesta o, directamente, a evitar cualquier contacto, físico o visual, entre directiva y empleados. Si preguntabas si había una fecha aproximada para el cobro, por hacerte una idea, por dar alguna explicación a tu banco, la respuesta siempre era de dos tipos: "Mañana, González, mañana" o "llame usted a Corrochano".
Llegados a este punto de incomunicación por parte de la empresa decidimos no ir a trabajar. Parece una decisión justa: no se cobra, no se trabaja. Sin embargo, en una empresa en la que cualquier tipo de asociacionismo laboral había desaparecido, en la que no había ni sindicatos ni comité de empresa, no ir a trabajar suponía la excusa perfecta para un despido procedente y automático. Así que, tuvimos que constituir, de la nada, nuestra organización, un trámite burocrático que podía demorar la decisión de ir a la huelga algo así como un mes. Nos pusimos manos a la obra y organizamos unas primeras elecciones sindicales. Jugaba en nuestra contra, además, una buena cantidad de trabajadores que sí cobraban su salario en forma de facturas y que por nómina sólo tenían una pequeña cantidad para justificar su pertenencia a la empresa. Eran los "leales", los que trataban de boicotear todas las reuniones de trabajadores e informaban de cualquier movimiento que hiciésemos. En un grupo empresarial en el que el director de un periódico de "mentira", que ni informaba, ni vendía ejemplares, ni tenía ingresos por publicidad, cobraba algo así como 400.000€ anuales, los damnificados eran, precisamente, los mileuristas. Formamos un curioso Comité de Empresa, con la presencia en el mismo de CCOO, UGT, CGT y TNS. Tres gigantes del sindicalismo patrio y un pequeño sindicato sin liberados, ni subvenciones estatales, pero que contaba con la gente más voluntariosa que pueda imaginarse. Yo tuve el honor de encabezar la lista de este último, salí elegido delegado de personal de mi empresa, CRISA, y formé parte del Comité de Empresa junto con cuatro compañeros que en esos días redoblaron esfuerzos y demostraron el valor de permanecer unidos en la adversidad. Intereconomía había perdido su primera batalla con los sindicatos con la creación del Comité. La segunda se la haríamos perder los miembros del TNS.
Una mentira recurrente a la hora de dar largas a nuestros salarios era la venta inminente de un activo de televisión que cubriría las pérdidas de la empresa y saldaría la deuda con sus trabajadores. Inminente, sí, pero aún en manos de Julio Ariza en el momento en que se escriben estas lineas. Según nos decían, el Real Madrid, el de Florentino Pérez, el que prohíbe el paso de banderas legítimas de partidos legales a sus instalaciones, estaba interesado en la compra del canal para emitir por él "Real Madrid TV". Estaba todo firmado -nos decían- y a la espera de que el Consejo de Ministros autorizase la venta, algo que se tenía que producir de inmediato. El Comité de Empresa exigió para no ir a la huelga ver el documento firmado por Florentino Pérez. La dirección de Intereconomía, claro, se negó. Nos pedían fe (algún día hablaremos de los valores "cristianos" que se practican en las empresas de este tipo). Ante la inminencia del parón tuvieron que acceder a enseñarnos tan comprometedor documento. Eso sí, bajo sus condiciones: en el momento y lugar decidido por ellos, bajo la supervisión de un "hombre de paja", Matías Varas, sin impresión en papel, directamente en la pantalla del ordenador del hombre de la empresa, sin posibilidad de análisis ni de estudio. Estamos hablando de la venta de un canal de televisión al equipo de fútbol más grande del mundo en cuanto a presupuesto, el que más camisetas vende. ¿Alguien puede imaginarse cómo es un contrato de este tipo? Yo no. No soy abogado, ni he visto otro contrato que el del alquiler de mi casa. Supuse que era poca experiencia para enfrentarse a ese momento. A todos los miembros del Comité nos pasaba lo mismo. Llamamos a nuestros respectivos sindicatos pidiendo un abogado que pudiese aconsejarnos y darnos una visión global de la situación en la que nos encontrábamos, que nos dijese si, a la vista de aquél papel, podíamos dar un plazo de confianza a la empresa o pasar de inmediato a la acción dura y nada deseable de una huelga. Sólo un abogado pudo acercarse hasta las oficinas de Modesto Lafuente para verificar el documento: Santiago Borja, uno de los abogados del TNS.
Llevaría muchas páginas describir la cara de asombro del nuestro abogado ante el documento que nos presentaba la empresa. Desde luego, no se trataba de un contrato, eso podía verlo cualquiera. Pero en la farfulla de terminología contractual y técnica se adivinaba que era poco más que una declaración de intenciones.
"Es humo" -sentenció nuestro abogado, que no conseguía que el hombre puesto por la empresa como mediador le aclarase ninguno de lo puntos que aparecían en la pantalla del ordenador. "Hay huelga" -comunicamos nosotros al enlace.
Este sencillo acto supuso un punto de inflexión en las negociaciones con la empresa, fracasadas, incluso, ante el organismo de mediación de la Comunidad de Madrid. No pedíamos aumentos de salario, simplemente que se nos pagase lo que se nos adeudaba. La empresa se cerraba en que no tenía esa cantidad ni siquiera para establecer un calendario de pagos a futuro. La única garantía que aportaba era un documento que un abogado de un pequeño sindicato desmontó ante su simple contemplación. Desenmascarada la jugada de Intereconmía, comunicada la huelga, nos sentamos a esperar que llegase el día en que se pararían las máquinas de aquella farsa. Ahora sin argumentos, el propio presidente de la compañía, Julio Ariza, solicitó personalmente reunirse con el Comité de Empresa para terminar firmando ante éste todos y cada uno de los puntos que gente con menos peso en la empresa se había negado a firmar en los distintos actos de conciliación. Conservo el documento por si algún día alguien me pide pruebas de lo que cuento. Pero no hará falta; todos los actores de esta historia saben que lo que cuento es cierto. Tan cierto como que conseguimos cobrar lo que se nos adeudaba.